Mi primera novela: EL TRIÁNGULO ESCALENO

20141111Miprimeranovela

En el ciclo de vida de un escritor, el desarrollo de su trabajo, hay un momento singular, un punto cargado de trascendencia, que no puede ser más especial. Es aquel en el que su obra ve la luz. A partir de ahí, cobra vida propia, y conecta a su creador con aquellos que la disfruten. Este es el momento en el que me encuentro ahora.

Hoy, desde este blog, este rincón de la palabra en el que nos encontramos desde hace unos dos meses, os comunico oficialmente que mi primera novela editada, El triángulo escaleno, se publicará el próximo 9 de diciembre. Así que, a partir de esa fecha, todos podréis leerla. Y nos reuniremos en sus universos de horizontes y fantasía.

¿Qué es El triángulo escaleno? Es la novela de fantasía en la cual trabajé durante cinco años, entre 2008 y 2012, y que ahora, a finales de 2014, después de bastante espera y esfuerzo, por fin verá la luz, editada por mí mismo. Relata una historia que transcurre en tres épocas y tres lugares distintos; protagonizada por una constelación de personajes que, aunque no lo sepan, son las mismas almas que van reencarnándose a lo largo de los siglos, desde el XV hasta el XXV. Una creencia superior, junto a un descubrimiento prodigioso, conectarán una travesía por alta mar a mitad del siglo XV, una arriesgada investigación a principios del siglo XXI y una guerra en los albores del siglo XXV.

El triángulo escaleno es la gran historia en la que se desarrollaban los veintisiete relatos que se han ido publicando en el blog durante las últimas semanas.

La novela se publicará, en efecto, el próximo 9 de diciembre. Estará disponible a la venta en diferentes plataformas, en tres formatos: papel, epub y mobi.

Durante las próximas semanas, compartiré más elementos e informaciones acerca de esta historia, que espero que os atrape tanto como me ha cautivado a mí mismo desde el día, ya lejano, que la vislumbré por primera vez. Compartiré sinopsis desarrolladas del argumento, detalles de sus personajes y lugares, así como otros componentes temáticos de sus universos. También, publicaré avances que se puedan ir leyendo.

Esto no ha hecho más que empezar. Pronto, ampliaré todo lo referente a los puntos de venta, los actos de presentación, etc. Podéis seguirme en este blog, pero igualmente a través de Twitter y de Facebook.

Por ahora, sólo espero que os animéis a compartir este camino conmigo. Debo darle las gracias a muchas personas. Habrá tiempo suficiente para hacerlo como es debido. Eso sí, por supuesto, he de mencionar explícitamente a Ángel Serrano, autor de la fotografía que podéis ver encabezando esta entrada (así como en la cabecera del blog), y a Pilar Lahuerta, responsable de su magnífico retoque final.

El triángulo escaleno se acerca. ¡Os espero!

 

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El príncipe

Como era un bebé, nadie le entendía. Salvo su madre, nadie le prestaba mucha atención. Lo único que hacía era comer; disfrutar mientras le bañaban, secaban y acunaban; ver y observar; oír y escuchar; y dormir. Lo mejor era dormir. Pues, cuando dormía, soñaba. Sí, el Príncipe soñaba.

En sueños, era capaz de todo. Hablaba a su madre. Le repetía que no se preocupara tanto, que lo único que él necesitaba era su mirada, su aroma y sus besos infinitos. También, jugaba con el druida, riendo a carcajadas cada vez que atrapaba los ralos mechones de su barba cana. Además, conseguía conocer a su padre, quien le llevaba de paseo a lomos de su caballo, recorriendo todo el Reino. Algunas veces, el caballero iba con ellos, para que nada pudiera amenazarle. Aunque, en ocasiones, presentía la presencia de un señor serio de atuendo purpurado. En esos momentos, le dolía la tripa, se sentía muy cansado, y llamaba a su mamá.

Cuando despertaba, el Príncipe volvía a ser un niño de muy pocos meses. Comprendía el lenguaje de los mayores, pero él sólo se expresaba con el de los pequeños. Así que no podía relatarle todo lo que hacía en sueños a quienes le rodeaban, especialmente a su madre. Le hubiera encantado hacerlo. Y pedirles que le permitieran jugar un rato con esa corona que todos estaban protegiendo para él.

Una noche, rememorando aún el tacto de su madre, acurrucado en su cuna, experimentó un sueño maravilloso. Soñó que crecía y llegaba a convertirse en un hombre. Sintió que le llamaban desde un lugar distante, hacia donde sabía que debía encaminarse. Entró en el agua, nadó por el mar, cruzando un inmenso océano, y llegó a una isla con un volcán. Después, la isla se transformaba en otra isla. Adentrándose en ella, la isla, de pronto, se convertía en un desierto. Tres estrellas brillaban en el firmamento. Y bajaban a buscarle. Le envolvían en su luz. Y le conducían a su templo

 

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El cardenal

El cardenal manejaba con suma cautela y tiento las esencias más malignas e invisibles de la ponzoña. Estaba decidido a cumplir con su designio.

No titubeaba. No dudaba de que hacía lo correcto. Su determinación se redoblaba cada vez que observaba los deslumbrados rostros de sus feligreses durante sus homilías, cuando reconocía el alivio en sus voces después de haber escuchado sus confesiones, o cuando apaciguaba sus grandes miedos al pecado y al infierno. Solamente una fe fuerte y verdadera salvaría la deriva herética de ese país.

Ese era el motivo por el cual el cardenal se hallaba, en calidad de emisario de la única fe válida y posible, en aquel Reino. A lo largo de la historia de este, la desmesura en una mal entendida libertad de elección había dispersado al populacho. Las ovejas no podían pacer por doquier sin pastoreo alguno. Requerían un guía, una senda; precisamente aquella que él había venido a ofrecerles.

Realmente, meditaba a menudo el cardenal, su función no distaba tanto de aquella que tan rudamente desempeñaba el más predilecto caballero del Reino, un hombre a quien él detestaba sin molestarse en disimularlo. Ambos luchaban sus batallas: uno, en las guerras, con sangre y muerte; otro, en el púlpito, con amor y salvación. Pero la batalla del cardenal se distinguía de la otra por ser divina. Además, un bruto como el caballero, procedente del vulgo, no merecía ostentar su exagerada posición.

El cardenal se sulfuraba con frecuencia. Varias personas lograban incendiar su ánimo. Sólo pensar en el caballero lo provocaba, igual que la Reina o su herético druida. Pero no tenía que dejarse llevar por la exasperación. Su triunfo, el de su misión, se acercaba. Había llegado allí para evangelizar el Reino y todo estaba saliendo según lo planeado.

Así que finalizó la elaboración de aquella pócima nocturna. El Rey ya había fallecido. El caballero estaba perdido en la lejanía. Y él rezaba por que aquel veneno llegase pronto al Príncipe

 

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El druida

En ocasiones, especialmente cuando sus fuerzas y ánimo flaqueaban, el druida cerraba los ojos, respiraba profundamente, y recitaba para sus adentros: “Yo soy la luz”. Nunca lo decía movido por el desvarío o el engreimiento. Lo afirmaba porque, para su desgracia, sabía muy bien dónde se hallaba la oscuridad.

Todos le conocían como “el druida”. Casi nadie sabía cuál era su nombre, aunque a él no le importaba. Ostentar ese título sin miedo, en un país donde él era un forastero, donde se extendía una religión nada abierta al pensamiento disonante, era el mejor homenaje que él podría rendirle a la familia que tuvo décadas atrás, la cual fue perseguida por sus creencias, tildadas de heréticas.

El druida había estado solo la mayor parte de su vida. Con frecuencia, se rodeaba de mucha gente. Sin embargo, esos lazos no solían ser ni duraderos ni arraigados. Estaba acostumbrado a la soledad. Sus compañeros de senda eran la curiosidad, la testarudez y el descubrimiento.

Recientemente, gozaba de una posición bastante cómoda y privilegiada que, aun así, le provocaba la aversión de cierta persona tenebrosa. Esa era una circunstancia de la que él era consciente. La soberana le había acogido a modo de consejero y amigo personal. Y solo en él confiaba el cuidado de su bebé enfermo.

Fue el druida quien tuvo aquel sueño. Él soñó con una isla lejana. Ocurrió muchos años atrás. Desde ese momento, esa imagen onírica se convirtió en una obsesión, una meta que alcanzar. Así, había investigado profusamente. Halló mapas y relatos antediluvianos. Estos decían que existía una isla de localización enigmática, en cuyas entrañas palpitaba un poder extraordinario; uno capaz incluso de sanar la rara enfermedad que menguaba la vitalidad del bebé Rey.

Ahora, el druida temía haber sido el causante de cierta cadena de acontecimientos que podrían provocar la caída de aquellos a quienes profesaba su cariño y lealtad. El barco no retornaba. El tiempo se agotaba. Y él, vigilando con temor todos los amaños del cardenal, murmuraba para sí: “Yo soy la luz. Tú, la oscuridad”

 

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La reina

Aun siendo mujer, la Reina, igual que su esposo, había sido educada para gobernar. En cambio, a diferencia de él, ella no sólo se sentía atraída por el liderazgo, sino que había demostrado cualidades relevantes para desempeñarlo.

Su madre murió joven y su padre no volvería a contraer matrimonio. Así las cosas, ella, primogénita de la familia que dirigía la región, fue instruida en todo cuanto, en aquella época, se enseñaban únicamente a los varones que habían de heredar los títulos de su progenitor. La situación era harto inusual. Sin embargo, ella venció cualquier reticencia, demostrando que sería una buena dirigente.

Mas su senda se cruzó con la del Príncipe Heredero. Ella se enamoró por primera vez. Sus sentimientos resultaron correspondidos. Se desposaron, y ella se mudó a la capital en calidad de consorte. Allí, se topó con un mundo de hombres que, siempre respetuosa pero inequívocamente, le recordaba que su única función allí sería concebir herederos. Por desgracia, ella no resultó muy eficiente en tales aspectos. Y, temerosa, se decía: “Si no concibo un vástago pronto, seré inservible, y me buscarán reemplazo”.

Por fortuna, no se vino abajo. Se aseveró a sí misma que, mientras trataba de vencer las complicaciones que su cuerpo hallaba para llevar un embarazo a término, fingiría ser la consorte sumisa que todos esperaban; mientras, tácitamente, ampliaba sus dominios en aquella Corte. Estaba determinada a lograrlo. Lo haría precisamente por los hijos e hijas que estaba decidida a traer al mundo.

Ya era Reina consorte, y estaba, al fin, embarazada, cuando la oscuridad le arrebató a su esposo en el transcurso de una batalla. A causa de la muerte del Rey, ella dio a luz a un niño prematuro de salud enfermiza, aunque vivo. Y se convirtió sorpresivamente en la Regente de un bebé cuya existencia se veía amenazada por sombras desconocidas.

Más determinada que nunca a ser una gran soberana para el país, por el bien de los suyos y, por encima de todo, de su hijo, aceptó con fe absoluta una inusitada leyenda que su mejor amigo, el druida, le narró. Según éste, existía una isla remota, en cuyas entrañas, se encontraba la cura para toda enfermedad; incluida, por supuesto, la que constreñía el porvenir de su bebé

 

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