El mesías

Un recuerdo brotó de repente en su memoria. Rememoró el atardecer que transcurrió, cuando todavía era un niño, en una playa que le parecía interminable, de arena clara y suave. Se tumbó cerca de la orilla, cerró los ojos y se deleitó en el frescor del agua, que, intermitentemente, le iba mojando sin llegar a cubrirle. Todo lo exterior se fue alejando progresivamente. Y se entregó a un sueño placentero.

Las primeras sensaciones que conseguía distinguir de lo que ahora estaba ocurriendo, en aquel trance, se le antojaban muy parecidas a aquellas de la playa de su infancia. Por eso, confundido y extraviado, prefirió decirse a sí mismo que todo lo que le estaba sucediendo no era más que otro sueño, que ya despertaría.

Había pisado la tierra con pies descalzos. Se había sumergido pausadamente en el agua. Había sentido un ardor insospechado. Y, finalmente, emergiendo a la superficie, aspiró aires nuevos. Los elementos le habían transportado del fuego al agua. Mas se hallaba aturdido por percepciones tan intensas como raras.

De hecho, como en cualquier otro sueño, advertía elipsis y lagunas. Su consciencia de los acontecimientos no era completa. Creía estar efectuando un viaje. Se dirigía a algún lugar desconocido. Se dio cuenta de que transitaba una tierra foránea que, si bien le resultaba curiosamente familiar, nunca antes había visitado.

Traspasaron tres niveles, como si fueran desvelando capas etéreas de un secreto que, tarde o temprano, le sería revelado. Primero, cruzaron un enorme desierto. Segundo, se adentraron en una recóndita ciudad amurallada. Tercero, llegaron hasta los pies de una imponente pirámide escalonada. Allí, halló personas a las que ya conocía, aunque, en esa ocasión, vestían otras pieles. Y presintió la existencia de una energía portentosa, una que, clandestinamente, todos los de allí guardaban.

El muchacho que le había acompañado a lo largo de tan irreal trayecto le habló de una misión y de una guerra. Le dijo que le habían estado esperando y que él también tenía una función que desempeñar. Asimismo, le descubrió que conocía el contenido de sus sueños y visiones. Entonces, él miró a su alrededor. Atisbó el brillo de tres puntos en el cielo. Y, poco a poco, lo vio todo de otro modo.

Así, fue tomando conciencia de que todo era certero, de que vivía en una nueva realidad. Decían que él era el mesías. Y una sacerdotisa, que salió del último nivel de la formidable pirámide escalonada, se presentó dispuesta a demostrárselo

 

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El heraldo

La ínfima hoguera que había prendido apenas suponía un punto más en el vasto horizonte de aquella tierra que era su país. Aquellos parajes y su familia eran uno solo. Trataba de relajarse y concentrarse, sentado con las piernas cruzadas en el interior de la pequeña cueva. Más allá, aparecían nuevamente el alba, el desierto y su misión. Él debía hallar a alguien muy relevante para la inminente guerra.

Había aprovechado las últimas horas de la noche para echar otro vistazo a las estrellas. Le habían educado en el lenguaje con el que éstas se comunicaban. No quería errar ni fracasar. No soportaría regresar a casa, después de que se le confiara una muy relevante carga, sintiéndose como un niño. Pues el heraldo, aun siendo un muchacho adolescente, siempre se esforzaba por ser un adulto.

Lo hacía porque no tenía padre. Por ello, siempre desempeñaba el rol del hombre de la casa. Se sentía forzado a ello. Y no sabía quién era su padre. Además, siempre presintió que no debía ni preguntar por él. A su lado, únicamente estaba su fuerte y amada madre, la persona que, muy pocos días antes, le había despedido, entre el orgullo y la congoja, en el portón de la muralla.

Ninguno de los dos había estado solo jamás. Formaban parte de la familia más importante del lugar. Contaban, sobre todo, con la abuela del heraldo, una nonagenaria. También había otras personas, gentes de su hogar relacionadas con ellos de una o de otra manera. Pero nadie podría completar realmente esa tríada que, alguna vez, formaran su madre y él con su desconocido padre.

En ocasiones, sobre todo en situaciones cruciales como aquella, meditaba acerca de su padre. Se preguntaba si éste estaría vivo, quién sería o dónde se hallaría. Y si, alguna vez, pensaría en él de igual modo. En esos momentos de flaqueza, temía a las sombras. Y su marca, su antojo de nacimiento, ardía especialmente.

Pero, entonces, alzaba la mirada hacia el cielo. Allí, contemplaba la triple estrella que les alumbraba. Así, comprendía que, mientras esos tres soles brillasen con semejante brío, no existirían oscuridades en el mundo; al menos, todavía no.

Repuesto, seguro de la trascendencia de su misión, el heraldo abandonó la cueva. Estaba amaneciendo. El desierto se extendía ante él. Una nueva jornada de búsqueda acababa de dar comienzo. Él no lo sabía aún, pero ese sería el día en el que, al fin, se encontraría con el mesías anunciado por su abuela

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El latido del cielo

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Resultaba imposible no mirarlo. Era un espectáculo de hipnótica belleza. Protagonizaba la coreografía nocturna de la bóveda celeste. Brillaba en una cadencia que entrañaba una verdadera cuenta atrás; aunque, entonces, pocos lo sabían. Cada destello era un grano de arena cayendo al otro receptáculo del reloj.

La historia de esa tierra era milenaria y complicada. Fue la cuna de la civilización, si bien muy pocos solían recordarlo con el debido respeto. Vivió numerosas dinastías y estados. Cambió de orden y nombre en bastantes ocasiones. Fue imperio, monarquía y república. La azotó la tiranía; después, la avaricia. Y, poco a poco, fue convenientemente olvidada por los poderosos. Pero, por suerte, no por todos.

Ahora, en un punto remoto e incluso inadvertido, entre sus urbes, servía de refugio para una energía excelsa. Tal situación se había concebido a lo largo de siglos, de modo sigiloso y paciente, cuidando cada detalle. Los fieles a la causa transmitían el deber de cuidarla de generación en generación. Tres niveles la amparaban.

Primero, estaba el desierto. Se extendía por todas direcciones. Kilómetros y kilómetros de arena alrededor disimulaban la existencia de ese escondite. Su horizonte se antojaba inalcanzable. Las dunas mutaban su fisonomía constantemente. Las ventiscas podían ser muy peligrosas. El cielo se mostraba tan límpido como el terreno.

Segundo, surgía la ciudad. Pero únicamente quien conocía su ubicación exacta era capaz de localizarla. Era una especie de ciudad-estado, con una jerarquía y una religión a la que se adherían fielmente todos sus habitantes. Una muralla la circundaba y protegía. Su día a día era manso y discreto. Todos servían al bien superior.

Tercero, se alzaba la pirámide. Era una construcción formidable: formas firmes, tamaño grandioso y grabados realmente curiosos. Su arquitectura era escalonada, formada por nueve niveles. Arriba, encima del piso noveno, se erigía la última edificación, en la cual moraba la máxima dirigente de quienes allí convivían.

En sus profundidades, aguardaba latente la energía primigenia. Mas la amenaza se cernía sobre todos ellos y sobre dicho poder. La guerra era inminente. Todas las sospechas y los vaticinios coincidían en ello. Cruzarían los tres niveles. Y los granos de arena continuaban derramándose ineludiblemente.

El latido triple que palpitaba en el firmamento auguraba la llegada de dicha hora. Era una estrella compuesta por tres soles. Su posición y sus destellos entrañaban un lenguaje que muy pocos entendían.

Así, instruido en él por una anciana centenaria, aquella noche, el heraldo cruzaba el país en busca de un advenimiento extraordinario

 

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El padre

Durante sus últimos instantes de vida, cuando todavía le quedaban tantísimos lugares y hallazgos por descubrir, cuando sus dos hijos apenas eran adultos, cuando aún faltaban tantos y tantos planes que disfrutar junto a su amada esposa; entonces, llevándose la mano a su dañado corazón, los momentos más dispares, creíbles e increíbles, vinieron de súbito a su mente.

Recordó noches en vela al lado de grandes pilas de libros; mañanas enteras escudriñando bibliotecas de todas partes; alocuciones inspiradas en aulas de interminables graderías; lomos de libros antiquísimos y demás objetos de historia milenaria. Porque el padre fue un creyente del conocimiento, todo un hombre del saber. Hasta que lo místico llegó a él envuelto en el amor de una mujer inesperada.

Recordó cantos provocando ondas sobre la superficie del agua; cenas a la luz de las velas aguardando a que terminara el apagón; subrayados en rojo señalando erratas de trabajos conjuntos; una noche de mucho miedo en el extranjero mientras se sucedía la revolución de terciopelo; y un sinfín de besos recibidos de improviso. Porque el padre fue el esposo de una mujer que dio a luz dos maravillosos hijos.

Recordó chapuzones veraniegos en una piscina avejentada; miradas cómplices y risillas mal disimuladas; velas encendidas en días señalados; relatos a unos oídos que nunca se cansaban de escucharle; la actitud tan responsable del primogénito, y la imaginación asombrosa del benjamín.

Mas las sombras se cernieron en torno a él. Su enfermedad cardíaca no pudo resistir más. Cerró los ojos. Los temores se disiparon. Vislumbró la imagen de un castillo a la luz de un hermoso ocaso. Vio un bosque.

Y, al final, justo antes de morir, sin que nadie lo supiera, atisbó un horizonte lejano, de arena, límpido y desértico, iluminado por una estrella radiante, que coronaba la bóveda celeste con tres soles fulgurantes

 

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