El científico

El científico se despertaba sobresaltado, cada vez con mayor frecuencia. Emergía de muy vívidos sueños que más bien parecían recuerdos imposibles. Enseguida, sentía la pugna interna que le partía. Era consciente de estar dividido, de albergar dos mitades en su ser. El latido, el que palpitaba allá en la montaña, intensificaba su confusión, provocando que temiera perder la cabeza.

La mitad que sospechaba indebida era aquella en la que se sentía cómodo. Era la que le permitía ser el hombre que trabajaba por sus ambiciones, entendía que el fin justificaba cualquiera medio, saciaba su sed vital con el éxito, y se convencía de no necesitar a nadie más. Ese hombre opinaba que los lazos no eran más que ataduras, y no creía lógico reír más de lo preciso.

Y la otra mitad, la cual le reclamaba con una insistencia similar, era aquella que él temía deber afrontar irremediablemente, tarde o temprano. Era la que le condecía un sosiego que raras veces podía percibir. Era la que jamás rehuía el camino difícil, la recompensa inexistente o la mirada de los otros. Era la que le decía quién era realmente y qué era lo correcto, aunque costara.

Pero, fuera cual fuese la mitad que le imbuía en cada momento, ambas le hacían pensar a menudo en su familia. Ésta se hallaba marcada por la ausencia de su padre, en torno al cual, años atrás, todos orbitaban. Quedaba una madre, a quien sentía que defraudaba hiciera lo que hiciese. Tenía un hermano, con quien los lazos se habían hecho un lío. Por último, estaba una chica, su chica. ¿Era ella también de la familia? Cuestiones como esa le perturbaban.

Como cada día, el científico se adentraba en el corazón de la isla, la montaña y el valle. Allí, intentaba entender el significado del prodigio que existía oculto en las entrañas de la tierra. Pero no lo lograba. No poseía la clave. Entretanto, dicho latido jugaba con él, intrigándole y amenazando con revelar su locura secreta.

Porque el científico soñaba. Soñaba sueños en los que vestía otras pieles. Veía el perfil de una roca amenazante, dibujándose al borde del alba sobre el horizonte de un océano inmenso. Y veía otro océano, uno de arena, igualmente inabarcable, donde, de pronto, ardían sus dos mitades. Pero, al fin, dos más uno eran tres.

Luego, despertaba. Entonces, admiraba por la ventana, a lo lejos, la montaña de fuego. Lo desconocía pero, esa noche, allí, se había perpetrado un asesinato. Y, pensando en sus sueños y sus mitades, solía preguntarse qué soñaría el artista

 

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El centinela

El centinela atravesaba, meditabundo, el colosal manto de roca calcinada. El pulso de su corazón se acompasaba con el pálpito al que se encaminaba. Estaba acostumbrado a desenvolverse mediante el ardid, la mentira y el disimulo. Sobrevivía con lo tácito, lo indebido y lo inadvertido. Porque el centinela había sido llamado para una misión.

Inmerso en la hipnosis, trance que había experimentado en no pocas ocasiones, se había descubierto vistiendo otras pieles, mas poseyendo el mismo interior. Un niño, en lo alto del mástil de un gran barco, oteando un esquivo horizonte. O un muchacho, surcando el inmenso desierto, en pos de un grandioso designio. Dos más uno eran tres. Y tres era uno mismo. Así se lo recordaba su antojo de nacimiento, que hoy ardía con insistencia.

La sospecha había llegado antes que la certeza y el convencimiento. Al principio, lo intuyó durante aquellas hipnosis. Después, sus progenitores se lo confirmaron. Él había nacido para desempeñar una misión igual de relevante que arriesgada. Existía una energía, un prodigio maravilloso que habitaba en las entrañas de aquella hermosa tierra. Tenían que conocerlo y, así, protegerlo. Sus destellos eran cada vez más intensos. Pero una oscuridad amenazaba con cernirse sobre ellos hasta engullirlos.

El latido palpitaba en las profundidades de la montaña de fuego. Él lo notaba. Lo percibía cada vez que se adentraba en el corazón de la isla, la montaña y el valle. Aquella energía, entre otros portentos, emitía una vibración capaz de introducirse dentro de la mente y el cuerpo, alcanzando el fuero más íntimo de las personas. Traspasaba todas sus pieles y miraba directamente a su interior.

Él lo investigaba, estudiándolo con fascinación. Trataba de entender el funcionamiento de sus efectos. A su alrededor, había muchas personas, todas ellas piezas de un complejo rompecabezas. Algunos eran sus necesarios aliados, aunque aún no lo supieran. Pero un hombre, aquel que ansiaba el poder de dicho latido, era su enemigo, el mayor de todos; aunque pretendiese aparentar que no lo era.

El centinela tenía una misión. Los velos caerían, y las identidades se desvelarían. Había llegado el momento. Desapercibido, regresaba a la montaña para adentrarse en el lugar. Pensaba que la noche sería su aliada. Por desgracia, desconocía que ésta se terminaría revelando como su perdición.

El centinela no sabía que el final de sus días era inminente. Ni que, cuando la penumbra le envolviese, únicamente la endeble fe del científico podría resarcir la injusticia de su muerte

 

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El latido de la tierra

20140915Ellatidodelatierra

Aquél era un secreto oculto tras un sinfín de capas, reales e irreales, sinuosas aunque ostensibles, similares a las de una cebolla transparente que envolviera la grandeza del lugar. Una energía fabulosa palpitaba en las entrañas de la montaña de fuego. Pero muy pocos lo sabían. Y apenas nadie, aún, conocía su portentosa verdad.

Treses y más treses por doquier. Tres mundos anudaba el asombroso hallazgo. Tres años habían transcurrido desde que semejante descubrimiento se produjera en mitad de la casualidad y la calamidad. En tres sitios, a cada cual más hermoso, había que adentrarse para presenciar su resplandor: la isla, la montaña y el valle.

Primero, estaba la isla. Era la más septentrional y oriental de su archipiélago, sin contar, eso sí, a sus pequeñas hermanitas norteñas. Su silueta era irregular, más estrecha en los extremos y más ancha hacia el centro, con curvas en cuyo litoral se intercalaban calas, playas, acantilados y demás fenómenos geográficos.

Segundo, llegaba la montaña. Aunque no era una montaña sola, sino un montón de ellas; todas obras del fuego y el magma. Adentrarse en ella era descubrir la existencia de otro mundo, uno dotado de maravillas imprevistas. Un centenario manto de lavas y cenizas cubrían su fascinante orografía con rocas y arenas rojas y negras abrasadas.

Tercero, se hallaba el valle. Caminos tortuosos, mimetizados con tan negruzco terreno, conducían serpenteando hacia él. Era un oasis de paz en mitad de la violencia de tan profusas calderas y cimas otrora llameantes. Allí sólo moraba el silencio, y únicamente se veían suaves arenas calcinadas. Y, así, entonces, se alcanzaba el latido.

Procedía del corazón que compartían la isla, la montaña y el valle. Tres maravillas unidas por una misma pulsación. Dicho núcleo era una entidad increíble: oscura, pesada y opaca; pero, al mismo tiempo, dotaba de ribetes brillantes. Vibraba y refulgía. Se movía de un modo hipnótico. Y su luz calaba en lo más profundo del alma.

Los pocos capaces de transitar cerca de dicho latido percibían sus efectos. Entre otras cosas, se sorprendían escuchando voces en su cabeza. Éstas eran susurros remotos que, no obstante, resultaban inquietantemente familiares.

Este latido era el ritmo de una energía tan viva como descomunal. Era motivo de estudios e investigaciones. Sin embargo, sobre todo, era el objeto de una amenazadora ambición. Por eso, pronto, los trebejos habrían de ocupar sus escaques.

Así, esa noche, el centinela, desoyendo las advertencias que estremecían su antojo de nacimiento, ingresó furtivamente en aquel corazón, dispuesto a desvelar una peligrosa verdad que, hasta entonces, permanecía ignota

 

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Iniciación

20140913Iniciacion

Tengo muchos planes para este blog. Es un camino largo (al cual, a su vez, he llegado tras recorrer otro sendero igualmente extenso) que espero transitar mucho tiempo. Como en todo, habrá etapas, fases. Unas veces, publicaré frecuentemente (cada dos, tres o cinco días; ¿quién sabe?). Otras veces, me prodigaré de manera más espaciada. Y habrá épocas en las que necesite recluirme un poco. En cualquier caso, hoy, pretendo explicar en qué van a consistir las primeras entradas que voy a ir publicando.

Lo primero que deseo es introducir mis fantasías y horizontes. Quiero mostrar poco a poco el primer universo de ficción sobre el que voy a publicar (aunque, en realidad, son universos, como ya verás). Una amiga me habla a veces del concepto “transmedia”. ¿Qué es eso? Viene a ser una narración que no se transmite por un único medio; por ejemplo, una serie de televisión que se prolonga en un videojuego. O, en mi caso, una novela (que espero publicar muy pronto) que se extiende mediante un blog.

¿Qué voy a mostrar? Se trata de relatos. Hay mucha discusión sobre definiciones en este aspecto. Lo dejaré en que voy a mostrar relatos breves, si bien, por su extensión (de aproximadamente una página), algunos los denominarían relatos “hiperbreves”. Pero creo que el término es lo de menos. Lo importante es el contenido. Serán 27 relatos (lo que es igual, tres veces nueve, dos números que pronto sabrás que son importantes). Por un lado, dichos relatos parecen independientes, todos ellos momentos de esos universos sobre los que trabajo. Por otro lado, cada uno va a estar ligado siempre al siguiente de la serie. En conjunto, forman una cadena que conduce hacia un destino.

La próxima semana empezará la publicación de estos relatos. Espero que te atrapen y te inviten a saber más acerca de los universos en los que transcurren. ¡Te espero!

 

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