El padre

Durante sus últimos instantes de vida, cuando todavía le quedaban tantísimos lugares y hallazgos por descubrir, cuando sus dos hijos apenas eran adultos, cuando aún faltaban tantos y tantos planes que disfrutar junto a su amada esposa; entonces, llevándose la mano a su dañado corazón, los momentos más dispares, creíbles e increíbles, vinieron de súbito a su mente.

Recordó noches en vela al lado de grandes pilas de libros; mañanas enteras escudriñando bibliotecas de todas partes; alocuciones inspiradas en aulas de interminables graderías; lomos de libros antiquísimos y demás objetos de historia milenaria. Porque el padre fue un creyente del conocimiento, todo un hombre del saber. Hasta que lo místico llegó a él envuelto en el amor de una mujer inesperada.

Recordó cantos provocando ondas sobre la superficie del agua; cenas a la luz de las velas aguardando a que terminara el apagón; subrayados en rojo señalando erratas de trabajos conjuntos; una noche de mucho miedo en el extranjero mientras se sucedía la revolución de terciopelo; y un sinfín de besos recibidos de improviso. Porque el padre fue el esposo de una mujer que dio a luz dos maravillosos hijos.

Recordó chapuzones veraniegos en una piscina avejentada; miradas cómplices y risillas mal disimuladas; velas encendidas en días señalados; relatos a unos oídos que nunca se cansaban de escucharle; la actitud tan responsable del primogénito, y la imaginación asombrosa del benjamín.

Mas las sombras se cernieron en torno a él. Su enfermedad cardíaca no pudo resistir más. Cerró los ojos. Los temores se disiparon. Vislumbró la imagen de un castillo a la luz de un hermoso ocaso. Vio un bosque.

Y, al final, justo antes de morir, sin que nadie lo supiera, atisbó un horizonte lejano, de arena, límpido y desértico, iluminado por una estrella radiante, que coronaba la bóveda celeste con tres soles fulgurantes

 

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El decano

Esa noche, el decano tampoco podía dormir. Esa climatología no era para él, que, si bien toleraba el calor seco al que estaba acostumbrado, no lograba soportar la humedad del océano. También le influía ese otro ardor que palpitaba bajo sus pies, no precisamente lejos. Era, sarcásticamente, el que más le perturbaba.

Se levantó. Se refrescó la cara. Bebió agua fría. Salió a la terraza de la casa. Vivía cerca de la montaña, el enclave que le había conducido hasta allí. En sus ratos más paranoicos, pensaba que ese lugar pretendía repelerle, hacer su existencia fatigosa. Pero no podía dejarse enajenar por dichos pensamientos. Debía domar el hallazgo portentoso, ya que, aparte de los muchos beneficios que podía reportarle, presentía que sólo su poder podría frenar su deterioro oculto, su gran secreto.

Pues el decano estaba loco. Una pulsión desestabilizadora crecía dentro de él. Habitaba en su interior desde hacía décadas. Era algo que podía haberse desencadenado en un punto concreto que él no acababa de ubicar, que había aumentado gradualmente. Su mente fabricaba imágenes y sonidos inquietantes, unas escenas remotas igual de vívidas que imposibles, las cuales le obsesionaban. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para controlarlas. Ya lo había hecho.

Recordaba con creciente vaguedad que, en otro tiempo, había sido una persona bastante diferente. Había sido un hombre con pasiones vivificantes e incluso enamorado, aunque aquello lo estropeó sobremanera. Aspectos como el matrimonio o la paternidad habían sido huidizos para él. En cambio, se había colmado de éxitos profesionales, de dominios despóticos y de una enorme pasión por las historias y leyendas que ahora sabía que no eran, en absoluto, fantasiosas.

No obstante, lo que más le motivaba no era obtener el éxito o los beneficios, ni aplacar las voces de sus otras pieles, esas que violenta y dementemente entreveía; sino el afán de revancha, de revancha contra aquella familia: un padre, una madre y dos hijos. Se había cruzado con ellos durante demasiado tiempo. Por eso, quería tenerles cerca.

Y, en esta ocasión, lo conseguiría. Porque, esta vez, la familia estaba debilitada. El padre ya no estaba. Ahora ellos sólo eran tres. Mientras él podía ser mucho más que uno sólo

 

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El doctor

El paisaje nocturno desde la ventana del despacho era fascinante. Apenas había luces, y las siluetas se confundían en la penumbra. A pesar de la brisa que corría, él se sentía acalorado. Pero su calor no procedía de fuera, sino de sí mismo, y se hallaba conectado al interior de aquella fabulosa tierra.

Él no era un doctor de los que curaban enfermedades físicas. Él trabajaba en un ámbito más íntimo y evasivo: la psique y el alma. Sin embargo, sus conocimientos y destrezas estaban resultando inservibles para sanar sus propias pesadumbres. Eso, sin duda, era la mayor frustración de un facultativo.

El doctor era un padre sin hijo. No tenía ni dónde buscarle ni adónde ir para llorarle. Pero sabía, sin dudarlo, que ya no le tenía. Le había perdido. Había sido víctima de su sino, de algo muy superior a todos ellos. Mas el carácter de grandeza de la situación no les aliviaba para nada, ni a él ni a su esposa.

Durante sus primeros años de trabajo clínico, había aprendido a escuchar y entender. Trataba depresiones, obsesiones, sinsentidos Y comprendió que podía escuchar algo más que la voz física. Mediante los procedimientos adecuados, fue capaz de transportar a sus pacientes a distintos estados, a sus otras pieles. Halló niveles de conocimiento con los que lo aparentemente casual adquiría significados novedosos y reveladores.

Sin él percibirlo, el día que efectuó aquellos descubrimientos, aceptó un sino con pesados requerimientos. Por esa senda, acabó conociendo a una mujer fantástica que le condujo a un mundo vinculado con la dichosa maravilla hallada en las entrañas de esa isla, allá en la montaña, bajo el valle.

Pero su único hijo, el tercer miembro de su familia, se había implicado peligrosamente en la cuestión. Y, ahora, le habían perdido. Jamás volverían a sentirse completos. Porque ya nunca uno más uno sumarían tres.

El doctor no sabía qué hacer. Se limitaba a contemplar aquel hermoso paisaje nocturno desde su ventana, tratando de respirar bien hondo para no terminar incendiándose por dentro. Y no dejaba de repetirse que el decano, esa figura tan oscura, era el culpable de todo. Pues ya lo había sido otras veces

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La matemática

La matemática se escabullía de la realidad bajo el fresco chorro de la ducha. No se le había ocurrido nunca que su mayor dilema pudiese estallarle en la cara de una manera tan explícita y precipitada. Sin embargo, sabía que la cuestión nunca se había definido ni zanjado como requería. Por eso, ahora tenía que tomar una decisión. Tenía que decidir entre uno de los dos.

Mientras se secaba, admirando su borrosa desnudez en el espejo empañado, se notaba electrificada y revolucionada. Todas sus terminaciones nerviosas, diseminadas bajo su epidermis, estaban excitadas. Aquel que no era su novio esperaba en el salón a que ella adoptase su determinación.

Ella era, por supuesto, mujer de ciencia y razón. Sólo discurría por hipótesis plausibles, exámenes empíricos y conclusiones refutables. Olvidaba que no todo podía someterse al mismo método. Ahora que vivía en la isla y trabajaba en la montaña donde, oculto bajo el valle, latía un pálpito prodigioso, se daba cuenta de ello.

La primera alternativa era su novio, el hombre con quien llevaba los últimos años, con mayor o menor intensidad y estabilidad. Sabía que, en muchos aspectos, él jamás sería como ella querría. También apreciaba cómo se complementaban. Le quería, aunque su ensamblaje fuera imperfecto. Y ¿acaso existía lo perfecto?

La segunda alternativa era el chico que ahora aguardaba al otro lado de la pared de su dormitorio. Conectaron nada más conocerse. Durante mucho tiempo, se conformaron con la ambigüedad. Aunque, siempre, algo inquieto en su interior le advertía que estaba arriesgándose en exceso. Mas no lo podía evitar.

Ellos dos y ella sumaban tres. No obstante, recientemente, ella había comprendido que sus indecisiones sentimentales eran lo de menos. Porque había conocido al doctor. Este hombre, valioso mentor y consejero, le había descubierto un cúmulo de ideas que ella ni siquiera concebía, cambiando el significado de todo lo que ella estimaba incuestionable, ampliando asombrosamente su mundo. Gracias a él, o por su culpa, ahora entendía que las opciones entre las cuales se debatía eran meros detalles de la auténtica decisión, para nada baladí.

De manera que, terminando de secarse, fue cavilando cómo actuar. Decidir era su libre albedrío. Y, para seguir su sino, el cual acababa de descubrir, se serviría de sus mejores armas: las cifras, los números, los cálculos y la geometría

 

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