El escudero

Hacía mucho tiempo que él ya no era un escudero, sino un muy destacado rango de la Orden de Caballería. Sin embargo, era consciente de que aquellos recuerdos de infancia siempre le acompañarían. Y, de alguna manera, durante esas noches infinitas, mecido por el vaivén del oleaje, en la soledad de su camastro, presentía que todo su pasado iba quedando en un plano cada vez más lejano.

Sólo tenía un amigo de verdad, el mejor amigo posible. Los dos crecieron juntos. Siendo niños, comenzaron a soñar con convertirse en caballeros. Comenzó como un juego de críos. Imaginando que unos meros palos eran sus temibles espadas, las entrechocaban simulando ser aguerridos protectores del Reino, librándole de un sinfín de amenazas. Mas ese juego acabaría siendo una auténtica ambición.

Jugaban a la sombra de un castillo espléndido, aunque ellos no pertenecían a él porque vivían en las calles pobres de la ciudad. Sólo eran dos muchachos, carentes de nombre conocido o apellido relevante, hijos de los hombres y mujeres que trabajaban en oficios humildes, en la labranza del campo o en la servidumbre de las familias distinguidas. Sus futuros estaban prefijados: aprenderían el oficio de sus padres, fuera cual fuese. Pocos lograban desmarcarse de ese camino.

Ellos sí lo hicieron. Decidieron ser caballeros, si bien, realmente, él, el eterno escudero, sabía que fue su amigo, el joven que siempre le fascinó por su bravura y atrevimientos, quien determinó que ambos llegarían a lo más alto. Él se limitó a seguirle, igual que, consciente o inconscientemente, llevaba haciendo desde la primera vez que jugaron por las calles de aquella infancia.

Siendo adolescentes, se enrolaron voluntariamente en los destacamentos de soldados que, dirigidos por algún noble que actuaba en nombre del monarca, acudía a las regiones distantes para dirimir en alguna disputa entre señores feudales. El escudero acudía a ellas profundamente aterrado, algo que nunca confesaría a su amigo. La mayoría de aquellas primeras misiones se limitó a fútiles riñas sencillamente resueltas. No hubo necesidad de empuñar las armas.

Hasta que sí fue necesario hacerlo. Llegaron las batallas y los tiempos difíciles. A medida que ascendían en el Ejército, todo a su alrededor se tornaba sutilmente más umbrío: más altercados, más asaltos, más penurias, epidemias Entonces, su amigo y él se separaron. Otras fuerzas se interpusieron.

Ahora, mecido por el oleaje del océano, el hombre que, en su interior, siempre sería escudero rememoraba cómo él desencadenó la secuencia de acontecimientos que les conduciría a esa misión tan compleja.

Ya que fue él quien rescató a su amigo de las sombras. Y le presentó al hombre que se convertiría en su Rey

 

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