La ciudad y el gafe

Más allá de espacio y tiempo, había una ciudad; una que parecía existir desde siempre, sin conocer límites o final…, aunque, quizás, tal vez, esto fuera cada vez menos cierto.

En esa ciudad, había un gafe; uno que siempre sintió que la ciudad formaba parte de él, de su identidad y su memoria cuarteadas, igual que su gato negro. La ciudad le guarecía cuando le perseguían y le entendía si le maldecían. Hacía menor su amarga soledad.

Pero el amparo de la ciudad, por maravillosa que fuera, no bastaba para el sustento del hombre gafe. Por eso, el maldito salió en busca de indebidos aliados, y tomó decisiones que él mismo jamás aconsejaría. Había escuchado rumores en el casino subterráneo, de modo que buscó, indagó y, por fin, encontró a aquellos que buscaba.

Se convirtió en un matón, en un tenebroso y embrutecido taciturno. Vigilaba y trucaba peligrosas timbas ilegales. Servía a un hombre tan temible como despreciable, uno cuya voz afilada cortaba alientos. El gafe fingía no temerle, pero en el fondo sí lo hacía, pues sabía que ese tipo tan poco aconsejable, tarde o temprano, supondría su ruina.

Todo acabaría mal, sí. Por eso, volvía a pensar en marcharse de la ciudad, aventurarse al más allá, ese donde existía otra ciudad…, y también, en algún lugar, un viejo pueblo…

 

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