La madre

Aunque todavía no hubiera amanecido, el firmamento violáceo y las nubecillas rosadas ya indicaban que pronto lo haría. Apoyándose en la baranda del ferry, la madre percibía la fresca brisa. Pensativa, miraba al mar. Se fijó en una gaviota que volaba erráticamente. Cualquiera hubiera dicho que se había perdido en su propio cielo, o que, cansada, ya no quería ir a ninguna parte.

No podía negar que se mantenía bien para su edad. No eran los estragos físicos los que la agobiaban, sino las cuitas internas que ella jamás confesaba. Únicamente dos hombres comprendían verdaderamente todas sus tribulaciones. Uno de ellos, su marido, ya había muerto. Esa madrugaba, el ferry salvaba la distancia entre las dos islas. Y ella surcaba un océano de pensamientos.

La primera isla era su presente. Intuía, además, que, en breve, sería su pasado. En ella, vivía la mujer que la mayoría conocía: la que había gozado de una juventud autónoma; la que había reivindicado e investigado; la que se había enamorado y casado; la que había alumbrado a dos niños especiales Era su hogar actual. Pero cada vez veía más claro que todo iba a cambiar.

Porque la otra isla era su futuro. En ella, sus íntimos iban a averiguar su singular piel, su auténtico yo. Por desgracia, la verdad acarrearía sacrificio y dolor. Lo que una vez pareció locura se tornaría en realidad. Todos deberían aceptar sus sinos y ocupar sus escaques. El suyo se repetía y repetía. Pues ella dibujaba lo que parecía un círculo pero, en realidad, era una espiral; una que, un día, tal vez cercano, tal vez lejano, estallaría cual supernova.

Sin embargo, si lo pensaba, se daba cuenta de que había errado en sus cálculos. Porque existía una tercera isla. Aunque ésta no era ni del pasado ni del presente ni del futuro, ya que el tiempo era un concepto increíblemente relativo. La tercera isla era la de otra vida. Era la que enlazaba todo mediante una urdimbre inquebrantable, regida por el poderoso latido que palpitaba allá en la tierra.

Se preguntó si le daría tiempo a echarse una cabezada antes de la llegada al puerto. Así, recostada, pensó en sus dos hijos. Éstos no podían ser más dispares. Precisamente por ello ambos se necesitaban, a pesar de que aún no lo habían asumido. Inmersa en aquellas cavilaciones, se dijo a sí misma que quizá había acertado: sólo una mujer, la matemática, podría ser el vínculo adecuado para unirles.

Más tarde, la madre bajó del ferry y emprendió su solitaria caminata. No le dolía. Estaba acostumbrada. Porque llevaba caminando así mucho, mucho tiempo

 

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