El latido de la tierra

20140915Ellatidodelatierra

Aquél era un secreto oculto tras un sinfín de capas, reales e irreales, sinuosas aunque ostensibles, similares a las de una cebolla transparente que envolviera la grandeza del lugar. Una energía fabulosa palpitaba en las entrañas de la montaña de fuego. Pero muy pocos lo sabían. Y apenas nadie, aún, conocía su portentosa verdad.

Treses y más treses por doquier. Tres mundos anudaba el asombroso hallazgo. Tres años habían transcurrido desde que semejante descubrimiento se produjera en mitad de la casualidad y la calamidad. En tres sitios, a cada cual más hermoso, había que adentrarse para presenciar su resplandor: la isla, la montaña y el valle.

Primero, estaba la isla. Era la más septentrional y oriental de su archipiélago, sin contar, eso sí, a sus pequeñas hermanitas norteñas. Su silueta era irregular, más estrecha en los extremos y más ancha hacia el centro, con curvas en cuyo litoral se intercalaban calas, playas, acantilados y demás fenómenos geográficos.

Segundo, llegaba la montaña. Aunque no era una montaña sola, sino un montón de ellas; todas obras del fuego y el magma. Adentrarse en ella era descubrir la existencia de otro mundo, uno dotado de maravillas imprevistas. Un centenario manto de lavas y cenizas cubrían su fascinante orografía con rocas y arenas rojas y negras abrasadas.

Tercero, se hallaba el valle. Caminos tortuosos, mimetizados con tan negruzco terreno, conducían serpenteando hacia él. Era un oasis de paz en mitad de la violencia de tan profusas calderas y cimas otrora llameantes. Allí sólo moraba el silencio, y únicamente se veían suaves arenas calcinadas. Y, así, entonces, se alcanzaba el latido.

Procedía del corazón que compartían la isla, la montaña y el valle. Tres maravillas unidas por una misma pulsación. Dicho núcleo era una entidad increíble: oscura, pesada y opaca; pero, al mismo tiempo, dotaba de ribetes brillantes. Vibraba y refulgía. Se movía de un modo hipnótico. Y su luz calaba en lo más profundo del alma.

Los pocos capaces de transitar cerca de dicho latido percibían sus efectos. Entre otras cosas, se sorprendían escuchando voces en su cabeza. Éstas eran susurros remotos que, no obstante, resultaban inquietantemente familiares.

Este latido era el ritmo de una energía tan viva como descomunal. Era motivo de estudios e investigaciones. Sin embargo, sobre todo, era el objeto de una amenazadora ambición. Por eso, pronto, los trebejos habrían de ocupar sus escaques.

Así, esa noche, el centinela, desoyendo las advertencias que estremecían su antojo de nacimiento, ingresó furtivamente en aquel corazón, dispuesto a desvelar una peligrosa verdad que, hasta entonces, permanecía ignota

 

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7 comentarios

  1. Ángel Serrano dice:

    ¡Esto empieza muy bien! Qué bien escribes 😉

  2. laura dice:

    Ummm sólo me convencerías más si lo tuviera en mis manos en papel… Algunos literalmente querrían hasta olerlo 🙂

  3. ¡Muchísimas gracias a los dos! Abrazos.

  4. Puri Rodríguez dice:

    Vuelves a trasladarme a ése universo en el que querría instalarme para siempre.

  5. Muchas gracias. Abrazos.

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