Ciudad Fortuna II: Trébol de madera

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A lo largo de la trayectoria de este blog, he hablado varias veces de la vida del escritor, de que escribir es lo que me define. En el último año, mi vida ha cambiado por motivos profesionales. Ahora, dispongo de menos tiempo, pero, aun así, nunca dejo de escribir. Siempre encuentro un momento cada día. Y, hoy, anuncio el fruto de ese esfuerzo.

Ha requerido esfuerzo, sí. Aquello que importa siempre lo requiere, sea como sea. Pero siempre, sin ninguna duda, merece la pena. Y hoy puedo anunciar que mi nueva novela, Trébol de madera, segundo volumen de Ciudad Fortuna (por lo tanto, la continuación de Dados de cristal) se publicará el próximo día 10 de diciembre de 2016.

Ciudad Fortuna es la serie de misterio y fantasía en la cual, como muchos de vosotros ya sabéis, se presenta un mundo gobernado por la suerte, donde Alexander Berkel tiene la peor de las taras: ser gafe. Dados de cristal era el primer volumen, en el que Alexander debía investigar un conjunto de muertes, el llamado “caso azafrán”.

Trébol de madera, el segundo volumen de la serie, se inicia más de siete meses después de Dados de cristal. Alexander debe enfrentarse a las consecuencias de los sucesos que acontecieron al final del anterior libro. Sus circunstancias han cambiado radicalmente. Y aún investiga los misterios de su identidad y su infancia perdida.

Durante las últimas semanas, se han publicado relatos breves que ocurren entre Dados de cristal y Trébol de madera. Os animo a releerlos y adivinar quiénes los protagonizan. En próximas entradas, conoceremos el argumento, los personajes y otras informaciones básicas sobre la nueva novela. Y, si os suscribís al blog, recibiréis adelantos exclusivos.

Si aún no has leído Dados de cristal, este mes tienes dos ofertas especiales: recibir tu ejemplar dedicado sin gastos de envío o conseguir tu versión Kindle por solo 0’99€. ¡Y pronto habrá un sorteo! ¡Atentos!

En breve, en este mismo blog, se publicará información sobre la presentación oficial de Trébol de madera, que tendrá lugar el próximo día 10 de diciembre de 2016, además de datos concretos sobre los formatos y puntos de venta donde conseguir la novela.

Estoy muy ilusionado; también agradecido: a todos vosotros, a quienes me apoyan y, en especial, a Pilar Lahuerta, autora de la genial fotografía que encabeza esta entrada.

Estimados lectores, ¡regresemos juntos a Ciudad Fortuna! Llega Trébol de madera.

 

Legado escarlata

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No le gustaba ensuciarse las manos. Lo evitaba siempre que fuese posible. Delegaba en otros aquellas tareas que le repelían. Toda su vida había sido un remilgado. Recelaba de contactos, contagios, gérmenes, bacterias y, sobre todo, del mal fario. Hoy, en cambio, sí iba a mancharse las manos, si bien lo haría por un bien superior: su legado.

Descendía de una longeva y ramificada familia, en la cual él era un miembro olvidado, el del medio o incluso un mediocre. Había tenido mala suerte. La ventura le asestó un mal golpe. Él se recluyó en su trabajo. Desertó de sus lazos sin remordimientos.

Estuvo despistado mucho tiempo. Eso cambió recientemente, cuando conoció a alguien especial, alguien a quien no esperaba ver nunca, alguien que provocó que recapacitara acerca de todas sus determinaciones. Así, surgió en él un empeño.

Era una cuestión de familia, de consagrarse a su legado. Retomaba y expandía el camino abierto por otros. Aprendería de los fallos. No sería un mediocre. El polvo del “azafrán” se convertiría en un hálito escarlata. Y, hoy, retornó a la labor de boticario.

Enguantado y cauteloso, creó aquella pastilla mortífera. Lo hizo por su legado. No tuvo contrición. Se mancharía las manos, y lo haría con la sangre de su propia familia.

 

El maldito incauto

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Muchas veces, pensaba que la mala racha nunca terminaría. Él avanzaba con tenacidad, hasta cabezonería, por la yerma llanura carente de complacencias que era su vida. Las desgracias le cansaban. Se aburría de ellas. No lo entendía. Parecían inevitables.

Se levantaba cuando todavía era de noche. Daba igual la época del año. Soportaba frío en invierno y calor en verano. Cruzaba la ciudad a horas en las que ni siquiera circulaba el tranvía. Tenía un trabajo penoso en la estación de ferrocarril: enganchar los vagones. Era muy peligroso, pero lo único que había encontrado. Él quería ser maquinista. Hasta que un terrible accidente, ocurrido, según decían, por su culpa, le dejó sin empleo.

Cuidaba a su madre, internada en una residencia por una enfermedad degenerativa. Su padre les abandonó. Y su casera, una prima de su madre, era una auténtica usurera. Él se sentía solo, demasiado para lo joven que era. Algo tenía que cambiar.

Pensó que así sería el día que le hablaron del casino subterráneo. La idea la fascinó, y se propuso ir. Buscó una entrada. Al fin, la localizó. Una noche, sacó del armario su mejor ropa. Por desgracia, la plancha estropeó la chaqueta que más conjuntaba.

No lo entendía, de verdad que no. Sencillamente, ¿por qué tenía tan mala suerte?

 

El hombre taciturno

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Cuando la ciudad se dormía, él comenzaba su andadura. Abandonaba el frágil resguardo de su refugio, y echaba a caminar por calles solitarias y silentes. Su tiempo marchaba a contramano. Su jornada funcionaba al contrario que lo normal. Ya no sabía si avanzaba o retrocedía. Su vida era la de un maldito, un proscrito, un hombre triste y decaído.

Esa ciudad le protegía a su manera. Le ofrecía senderos sombríos, estrechos y desiertos. Él los aprovechaba. Transitaba la oscuridad que otros jamás acometerían. No era como los demás. No era normal. Estaba tarado. Era un hombre con carencias en su memoria y su corazón. Le faltaban piezas, y la alegría se le había escapado por las rendijas.

A veces, parecía que si ni siquiera existiera. Observaba a los poderosos, los afortunados. Estos nunca le veían. Pero, ¡cuidado!, todavía le buscaban. Él recelaba y se escabullía. A solas, en silencio, añoraba un amor infantil que no recordaba, y le ardía ese amor adulto que recordaba demasiado. Solo aceptaba la complicidad de su colega felino.

Una noche, al regresar de su peregrinaje nocturno, atisbó una silueta a lo lejos. Era una mujer, que lloraba sentada en la acera. Su faz le recordó a la amada que había perdido. Y pudo haberse alejado. Pero el hombre taciturno se acercó a ella, y la ayudó.

 

Bienvenido de nuevo a Ciudad Fortuna

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Imagina. Recuerda. Lo recuerdas. No lo has olvidado. Y lo estabas esperando. Recuerdas aquel lugar. Recuerdas la ciudad. Ya estuviste allí. La visitaste por primera vez, y deseas regresar pronto porque, sin saber cómo, ella ya forma parte de ti, y tú de ella.

Imagina. Puedes regresar. Eres capaz de entrar y salir de la ciudad. Eso te convierte en alguien especial. Conoces el camino y puedes transitarlo. Una vía de tren nos conducirá de nuevo a su interior, a sus calles, sus rincones y sus secretos. Hay cambios.

La ciudad ha cambiado. Sus habitantes han cambiado. ¿Recuerdas dónde quedó todo? Un corazón dejó de latir. La lluvia lo presenció. El otoño fue su final. Han pasado meses. Aquel hombre sin recuerdos intenta escapar de su dolor. Huye de la luz. ¡Acompáñale! Un resplandor escarlata asoma a lo lejos, allá en el incierto horizonte. ¿Qué es?

Regresa a Ciudad Fortuna, estimado lector. Lanzaste los siete dados de cristal. Seguiste el sendero que ellos te marcaron. Lo recorrimos juntos. Ahora, aférrate a ese amuleto, al trébol de madera, y vuelve al destino que este tiempo has estado aguardando.

Bienvenido de nuevo a Ciudad Fortuna.